¡Conoce la biblioteca del instituto!

@Antonio Hervás

Desocupado lector:

No es extraño encontrar libros en cualquier centro educativo, y casi es pleonasmo afirmar que la biblioteca está llena de ellos. Sin embargo, los libros de esta última no quieren ser meros objetos decorativos, sino que su función, su sentido existencial, sólo se completa cuando cualquiera de nosotros acudimos con mano amable y mente abierta a su lectura y disfrute. La entrada es gratuita, la variedad está garantizada y hasta es posible encontrar compañía, incluso real.

Nuestra modesta intención es llevar a cabo una mera formalidad, un trámite no obligatorio, la presentación de algunos libros que ocupan nuestras estanterías para animaros a su lectura y que hagáis una amistad sólida, leal y constructiva para toda vuestra vida. ¿Empezamos?

Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari

“Yo, Sinuhé, hijo de Semmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo. No para halagar a los dioses, no para halagar a los reyes, ni por miedo al porvenir ni por esperanza. Porque durante mi vida he sufrido tantas pruebas y pérdidas que el vano temor no puede atormentarme y cansado estoy de la esperanza en la inmortalidad como lo estoy de los dioses y de los reyes. Es, pues, para mí solo para quien escribo, y sobre este punto creo diferenciarme de todos los escritores pasados o futuros.”

Así arranca esta bellísima novela histórica de Mika Waltari, escritor oriundo de Finlandia, escrita en 1945. No me suele importar mucho la fecha concreta en la que las obras son escritas, pero creo que en este caso es importante tenerla en cuenta: la terrible Segunda Guerra Mundial terminaría, por fin, en ese año; aunque no sus consecuencias ni sus traumas.

El protagonista de la novela, un afamado y habilidoso médico del Egipto de los faraones, nos relata su vida en primera persona. Gracias a sus clientes, podemos hacernos una idea precisa de la vida en la corte del país del Nilo, de las creencias religiosas y médicas (términos casi sinónimos en la época), del país de los hititas, o de la legendaria isla de Creta y su Minotauro.

Con la intención de ser testimonio autobiográfico, el protagonista va creciendo a medida que se desarrolla la trama, de tal forma que vemos episodios que pueden ser los propios en la vida de cualquier lector. Sobrecoge, por ejemplo, el primer amor de Sinuhé, tan potente y devastador que se llevó parte del alma del médico y cicatrizó la restante en forma de remordimiento y pena.

Quizá fue la pena, o mejor, la muerte de cualquier dios que supuso la Segunda Guerra Mundial la que cinceló el tono de la obra. Los momentos de intenso lirismo que atesoran sus páginas han sido calentados al fuego, lento, de la desolación de cualquier quimera. Más parece el testimonio de alguien que ha escapado moribundo del infierno, o de un viejo enamorado que sabe que el motivo de su amor descansa en paz.

Habla Sabina de la “impúdica belleza de estar triste”, y algo de esto tiene la novela, y del halo misterioso de los faraones, y de la oscuridad de los muertos que residen en la otra ribera del Nilo. Nunca dejarás de errar por el “país de Kemi”.

 


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